Inevitable no pensar en algo que siempre me fascinó y que, con el paso del tiempo, admito sigue siendo una de mis más profundas aficiones y objeto de búsqueda de colecciones que hablen de ello, paquetes televisivos con temporadas inéditas o cualquier forma de visualización y/o lectura de todo lo que tenga que ver con la parafernalia que rodea al mundo de los superhéroes.

Lo cierto es que adentrarse en el mundo de estos seres ficticios supone, en mi humilde opinión, una metáfora que profundiza en las potencialidades del ser humano así como una síntesis del humano espíritu de superación. No hablaré demasiado de superhéroes provenientes de las factorías al uso, a saber, Marvel o DC Comics pese a a que en la última se sitúa mi tótem imaginario, alguien que,  aparentemente sin superpoderes, es capaz de derrotar lo malévolo basándose en una rectitud y principios en los que el afán de superación resulta clave unido a ingentes dosis de ingenio. Como aderezo, y por qué no decirlo, tiene su punto tétrico ese look imitando al único mamífero capaz de volar.

Pero siendo fiel a mis premisas huiré de contar historias de estos personajes que tanto me fascinan. Al fin y al cabo, creo que todo ser humano encierra dentro de sí un gran poder que puede o no aflorar, siendo la clave ser nosotros mismos o perseguir nuestra finalidad. Independientemente de nuestros orígenes, cuando la infancia gobierna la vida, vislumbramos el mundo como un entorno que nos exige adaptación y, a la par, del que necesitamos respuestas. En estas etapas del desarrollo se van generando nuestras principales actitudes y valores; es decir, aquellos elementos que determinarán nuestro hipotético futuro con mayor o menor certeza. Habrá infancias en las que dominé la frustración por montones de motivos y se genere, antagónicamente, una necesidad de superación personal inevitablemente teñida por un neuroticismo intranquilizante; otras serán gobernadas por el conformismo dada la plenitud en la obtención de los elementos deseados y esto generará una forma de ser caprichosa y endeble ante los retos que la vida nos ofrece; otrora puede ocurrir un punto intermedio entre estos extremos y, para qué engañarnos, un sinfín de combinaciones que unidas, a nuestra heterogénea interiorización de lo vivido, preconizan la variabilidad de personalidades y comportamientos que nos caracterizan.

Sin embargo, todas las personas encerramos mucho potencial derivado de las vivencias comentadas y, aún más, de su interiorización. Creo que cualquiera de nosotros puede ser un superhéroe, entendiendo como tal, aquella persona que presta sus actitudes y aptitudes al servicio de los demás, sin detrimento de alcanzar así su cénit existencial. No hace falta pensar en obviedades derivadas de la profesión que alcanza uno… Seguro que pronto pensamos en loables salvadores de vidas ante peligros de cualquier índole o quienes combaten las enfermedades que nos merodean… Claro que estos son héroes, pero no menos héroe es aquel que contribuye al equilibrio de nuestra sociedad en cualquiera de sus vertientes, suponiendo ejemplos situaciones como alejar de nosotros aquello que puede contaminar y/o provocar enfermedades amén de facilitar nuestro bienestar en cualquier lugar. Es fácil entender en términos profesionales a qué me refiero, pero quizá no nos paramos a pensar que nuestros superpoderes no sólo son nuestra profesión; es más, qué narices, nuestro principal poder radica en el mantenimiento de la convivencia con los demás y es aquí donde emergen unas fuerzas sobrenaturales imparables y necesariamente definitorias del ser humano que, bien dirigidas, subyugan aquello que aparentemente nos separa a los unos de los otros. La receta del superhéroe invencible está compuesta por solidaridad, responsabilidad, amor y humildad. Estos cuatro valores suponen la piedra roseta de un ser humano difícilmente abatible. Al fin y al cabo, hagamos lo que hagamos, si está teñido de estas potencialidades no ha de ser malo. No puedo negar que igual que existían los superhéroes, los comics estaban llenos de supervillanos. Admito que el némesis de mi héroe de apariencia quiróptera era un ser con cara de payaso o, mejor dicho, de comodín en una buena baraja de naipes. Quizá esto encierra otra metáfora acerca de como banalizar toda norma nos lleva, inexorablemente, a la maldad. Pienso que aquello que nos define es lo que hacemos y si los valores tiñen nuestro obrar, emergerá el superhéroe que llevamos dentro.