Curiosa palabras que en sus treinta y dos letras manifiesta la expresión de sentimientos de Mary Poppins al ganar una carrera de caballos. Quizá deberíamos de emplear más esta palabra en nuestras vidas o cuanto menos atender al significado subyacente centrado en quitar dramatismo a los problemas cotidianos y prestar atención a lo bueno de nuestro alrededor que no necesariamente está asociado a la fantasía y que puede estar inmerso en la cotidianeidad.

Es cierto que resulta tentador encontrar solución a todos los problemas, respuesta a todas las preguntas, remedio ante cualquier mal y, por añadidura, esto deriva en la génesis de pensamientos que modularán nuestro estado anímico. La clave es darnos cuenta de nuestra elección. Casi siempre estamos eligiendo sentimientos, como también elegimos querer solucionar todos los problemas, responder todas las preguntan y remediar todos los males. Obrar así implica no ver un problema como un marco de desarrollo o algo sin respuesta como una oportunidad de crecimiento personal y mucho menos una pérdida como una expresión de nuestros vínculos y afectos por los seres queridos.

Total que el dichoso término del título se refiere a salir airoso de situaciones difíciles intentando cambiar nuestra propia vida y/o forma de afrontar las situaciones. Lo de cambiar la vida no es del todo fácil aunque tiene mucho que ver con la persecución de la consecución de nuestros deseos (habrá que tenerlos claros), fijar objetivos que nos lleven a los anhelos, enfrentarnos a nuestros miedos desde la aceptación de nosotros mismos, vivir el presente,  mejorar nuestras relaciones con los demás y, lo más importante, tener un propósito en nuestra vida (algo que se antoja complejo). En la cara opuesta está mitigar la pereza, no dejarse invadir por la desesperanza o por el paralizante miedo, huir del victimismo y ser aún más diligentes en el rechazo a la gente que nos instrumentaliza, nos cosifica o no nos valora, es decir, la gente “tóxica”.

Aunque todo el párrafo previo parezca una sobredosis de buenismo del que suscribe, al fin y al cabo, sólo estoy apelando a un buen autoconcepto y su inefable acompañante en forma de autoestima. La mente tiene un ingente poder y es la base para poder ser arquitectos de nuestro futuro y hacernos a nosotros mismos. Por tanto, desechemos la queja, la eterna protesta y el lamento que alientan un conformismo alienante. Las zonas de confort no son más que jaulas temporales que impiden el verdadero afrontamiento de aquello que nos atenaza. La queja no es más que un enaltecimiento del malestar salvo que se pongan medidas para minimizar su impacto o pese a su verbalización se tenga claro el camino para vencer la dificultad. Es curioso, pero en muchos lugares hay buzón de sugerencias, impresos para quejas y/o formularios de reclamaciones pero, excepcionalmente (si es que existen), hay buzones o impresos para ensalzar lo bueno de algo. Incluso tenemos una ley específica para la queja denominada Ley de Murphy que algunos han incluso intentado demostrar “científicamente” con diferentes corolarios como el de si algo puede salir mal, saldrá mal o lo de la tostada que siempre cae en el lado de la mantequilla. Qué decir del de la cola del supermercado y el porqué de la mayor velocidad en aquella que no es la nuestra.

Se preguntaba Nietzsche si el pesimismo es necesariamente un signo de declive o ruina llegando a considerarlo una actitud vital frente a la sobreabundancia de la existencia. Lo cierto es que no acabo de captar la idoneidad del pesimismo como consejero y prefiero pensar en cómo superar las situaciones difíciles y, en este sentido, se antoja difícil que una visión negativa del futuro sea buena consejera. Por ello, quizá sea buena sentirnos con la posibilidad de poder contestar cuando nos pregunten cómo nos encontramos con un claro y rotundo… supercalifragilisticoespialidoso.