¡Feliz Navidad! Sí, mejor desearlo al principio por si luego me lío y es que, al fin y al cabo, esta época suele llevarnos a un repaso insaciable de lo que hemos vivido, lo que experimentamos y lo que anhelamos encontrar. Esta reflexión me lleva al Cuento de Navidad de Charles Dickens que, entre otras cosas, fue una obra que reactivó la celebración navideña (al menos en lo ornamental) en Inglaterra tras una mala época condicionada por el avance del capitalismo industrial.

Tranquilidad, que no estropearemos una felicitación navideña con discusiones políticas pero, por qué no reflexionar con algo que trasciende al capitalismo y, en el fondo, a muchas de las acciones que guían nuestro día a día. Dicen que la avaricia rompe el saco pero seguro que muchas personas viven en la ilusión de que esta actitud no supone un pozo sin fondo que condena a la eterna insatisfacción.

Como el Cuento de Navidad relata la visita al avaricioso señor Scrooge de tres fantasmas relacionados con su presente, pasado y futuro que le instan a cambiar su comportamiento, resulta tentador reflexionar sobre el papel de estos fantasmas en nuestra cotidianeidad.

Tirando del pasado, las personas solemos olvidarnos de lo negativo salvo que haya repercutido en el presente y ahí es donde aparece el fantasma de lo traumático y/o lo que nos avergüenza. Esta amnesia es inherente al carácter peyorativo que damos a las vivencias antiguas (sean positivas por pasadas o negativas por haber aguantado el chaparrón), remotas o añejas. Tirando de sinónimos alimenticios, lo pasado corre riesgo de estar podrido, estropeado o rancio y de ahí que lo aboquemos al olvido. Qué sabio sería reactivar recuerdos que nos ayuden a mejorar el presente.

El fantasma del presente retrata nuestra actualidad, lo más reciente, aquello que experimentamos y que todo el mundo se esfuerza en decir que es lo que hay que vivir cuando lo cierto es que no deja de estar influido por lo que hemos hecho y lo que pretendemos hacer. El fantasma del presente se identifica con miedos, afecto negativo o inseguridad. Frente a esto, la ansiada felicidad suele estar delante de nuestros ojos pero sólo si aprendemos a vivir liberados de automatismos y disfrutando de cada uno de los momentos de nuestra vida que, aunque no siempre sean positivos, supondrán, cuanto menos, una oportunidad para aprender convirtiéndose con el tiempo en un pasado que nos ayude a mejorar el presente.

Por su parte, el futuro está por venir, es algo pendiente y venidero que nos puede llevar a la incertidumbre. El fantasma del futuro surge por querer tener todo controlado y es una derivación de nuestra ansiedad anticipatoria. La recomendación clara es vivir el presente sin cortapisas ni anticipaciones fantasiosas que poco ayudan a ajustarnos a la realidad.

Lo cierto es que los párrafos precedentes pueden resumirse en una fórmula para vencer a nuestros fantasmas del pasado, presente y futuro. La solución es vivir el presente desde el presente (el aquí y el ahora), no desde el pasado (atormentándonos con situaciones vividas) o desde el futuro (anticipando lo que va a suceder).

Con tanto hablar de fantasmas no quiero perder de vista el principal problema que asolaba al señor Scrooge, protagonista del cuento de Navidad. La avaricia nos hace vivir en una pobreza constante no sólo de lo material sino también de lo emocional. La continua insatisfacción impide estar feliz con lo que tenemos. Sirvan estas fiestas navideñas para ejercitar su actitud antagonista por excelencia, la generosidad pero, por favor, que no sea efímera.

Sin más, sólo me queda desearos una Feliz Navidad en compañía de vuestros seres queridos y queriéndoos a vosotros mismos que es una buena forma de alejar los fantasmas y que vuestro Cuento de Navidad tenga un final lo más feliz posible.