Inculcando valores fomentamos una sociedad libre con unos límites que definen el obrar responsable.  Dado el incremento de afecciones como el trastorno límite de la personalidad y desde cada vez estadios más tempranos del desarrollo, me surge opinar sobre cuáles podrían ser los determinantes de este aparente aumento. Pensando en lo que implica la llamada personalidad límite, me vienen a la cabeza aspectos como la inestabilidad emocional, cambios en la autoimagen, conductas autolesivas y un buen número de comportamientos desadaptativos comórbidos.

En la sociedad del siglo XXI estamos cada vez más identificados con un modelo familiar en el que hay una progresiva desvinculación intergeneracional.  En niños y adolescentes aspectos como el cuestionamiento de las normas parentales sin ningún tapujo, dan pie a soslayar la educación en valores y derivan en una psique que crea estructuras de funcionamiento asentadas sobre modelos no idóneos o con comportamientos impropios del estadio del desarrollo en que se encuentran los menores. No se ha de banalizar la influencia que ejercen otros elementos como la exposición a la violencia (p. e.: videojuegos), el acceso informático casi ilimitado a todo tipo de contenidos (p. e.: sexuales), el consumismo excesivo (p. e.: adquisiciones tecnológicas) o la disminución de figuras y referentes de autoridad óptimos. En este contexto carente de límites, lo raro es no ser un límite y/u otra de las alternativas disfuncionales de personalidad señaladas en el epígrafe.

Nuestra época ensalza un concepto de socialización mediatizado por el número de contactos de Whatsapp que tenemos, personas amigas en Facebook, un hashtag propio convertido en trending topic o un selfie (término investido de una egolatría narcisista perturbadora) circulando en grupos de nuestra red social preferida y que acumula likes sin parar. Dónde quedan las figuras de referencia o la identificación con los valores parentales y, por extensión, sociales. Hoy por hoy se potencia alcanzar lo ilimitado. Al fin y al cabo, el capitalismo supone consumismo, acaparar, intentar alcanzar una plenitud utópica que, como mucho, nos llevará inexorablemente a la frustración. Siempre querremos más en todo. Si han fabricado el modelo 6.0, no pasará mucho tiempo para la génesis del 7.0, incluso el 8.0 o su revisión 8.1. Un problema de resolución de pantalla menor puede  suponer una fuente de frustración ya que estamos fomentando que los niños y adolescentes se valoren y clasifiquen a los demás por ello. La vivencia adolescente de insatisfacción permanente en esa sociedad ilimitada e inasumible nos cosifica y aliena.

Actualmente apremia la inmediatez. Quiero esto ya y lo quiero sin problemas, sin una sola complicación, carente de ambigüedades y sólo para mí. La mínima dificultad supondrá una barrera que amenazará nuestra integridad y ante la que estamos enseñados a huir hacia la búsqueda de aquello que no nos cueste. Esta reacción es típica en una personalidad investida de narcisismo. Nuestro presente cuestiona aspectos como las rutinas escolares o la disciplina. No obstante se apela a la evitación del autoritarismo, algo que entiendo pero sólo si no se confunde con autoridad. La autoridad plantea límites y el respeto a la misma genera valores. Elementos como un mayor número de hogares desintegrados  y una creciente negativización del concepto de fomentar los límites por parte de las figuras de referencia de los menores dan como resultado una aparente demonización de lo normativo, generando un caldo de cultivo para la inexistencia del respeto a los demás y, para qué engañarnos, a uno mismo; ya que, frente a la creencia de ser respetado por ser uno mismo es idóneo ensalzar el respeto a los demás como adalid de ser respetado. Ese niño que no asume responsabilidad y cree en la supremacía de sus actos o al que se le dice lo especial que es, cuidando, eso sí, que no se frustre; será un pingüe ególatra a la hora de exigir admiración por parte de otros. De ahí a ser interpersonalmente explotador y no valorar a quienes nos rodean no hay casi distancia.

Pero cómo olvidar otro de los riesgos. Aquel menor que, por diferentes motivos, reacciona con rabia, frustración y resentimiento sin percibir la existencia de los límites y minusvalorando las normas puede estar inmerso en prácticas educativas caracterizadas por  permisivismo parental, existencia de límites ambiguos, sobreprotección o normas excesivamente punitivas y/o coercitivas, algo que puede estimular la aparición de conductas  cada vez más antisociales.

Dónde quedan valores tradicionales como la responsabilidad, humildad, compasión o perseverancia. Una crisis económica como la vivida estos años atrás (aún coleando) no hace más que acrecentar los riesgos de una sociedad  que no puede mermar la atención a la educación o la sanidad. Todo lo perdido y/o no invertido supondrá la necesidad de un mayor esfuerzo al facilitar  una sociedad con riesgo de enfermar y  carente de madurez. Precisamente esta inmadurez es el epicentro que nutre las estadísticas de aumento de rasgos de trastornos de la personalidad como el límite y una fiel metáfora de estas personas que cuestionan la autoridad, estratifican por pertenencias particulares y en la que es un éxito de ventas entre la población adolescente un palo para realizar selfies.

Parece pues que hoy impera tratar de exaltar la importancia de uno mismo, es decir, ir por libre sin tener en cuenta a los demás. Pienso que no todo está perdido, aunque es cierto que estamos inmersos en un notable proceso de conformismo social. El consejo que se me ocurre es educar en valores y no en fomentar las posesiones. Inculcando valores tradicionales como los mencionados fomentamos una sociedad madura y libre, mientras que si los perdemos, estamos abocados a la frustración e imposibilidad de responder a las demandas así como exigencias presentes y futuras.