Recientemente me hallo reflexionando sobre esto de la posición del terapeuta, y aunque en ocasiones me cuesta ponerle palabras, a veces por mis tripas, y otras por la posible censura, voy a tratar de hacerlo.

Antes de ponerme a divagar sobre ello, me parece oportuno hacer un señalamiento previo, y es que creo fehacientemente que uno solo puede escuchar en el otro aquello que está abierto a reconocer, y a veces esto incluye nuestras propias vulnerabilidades y limitaciones. Creo, y en ocasiones experimento, cómo mis defensas (y hablo en primera persona para que nadie sienta este discurso como impuesto) se levantan ante lo que me genera rechazo, cómo me empieza a salir una capa de “súper psicóloga” que me invita a ejercer el poder. Y cuando hablo de poder, no significa contener mecánicamente, ni otras prácticas físicas más evidentes; hablo de que el poder, coercitivo por supuesto, se puede aplicar en una consulta, con lo más poderoso que tenemos: nuestro lenguaje –verbal y corporal-. En ocasiones me muevo en la ambivalencia entre la capacidad de “curar” y la de “estar”, entre la de “diagnosticar” y la de “entender”, entre la de “imponer” y la de “compartir”. Me resulta difícil, con algunas personas más que con otras, encontrar mi sitio como profesional de la Salud Mental; no me cuesta reconocerlo, porque siento que así es, y que negarlo solo va a entorpecer mi duelo de “qué es ser un –buen- terapeuta”.

Unos piensan que no se puede vivir en la ambivalencia, sin embargo, yo creo que a mí me sirve para encontrarme, para construirme, no sé si quiero perderla. También creo (y no aseguro, porque no me siento con el saber de nada) que esto es fruto de muchas variables: mi historia personal, mis experiencias vitales, la sociedad en la que vivimos y los libros que leo. Recientemente he leído a Lucy Johnstone y su reciente publicación que versa “Marco de Poder, Amenaza y Significado” (texto libre en Google); en ella vuelvo a tomar conciencia de aquello que uno olvida si se centra en la técnica o terapia a emplear en vez de en el vínculo terapéutico. No hace falta que una persona haya vivido historias muy traumáticas para haberse visto amenazada por un ejercicio de poder de terceros y desarrollar estrategias de supervivencia que en determinados contextos denominamos “síntomas”. Siendo este el contexto, no hace falta realizar una contención mecánica para ejercer nuestro poder, entendiendo el daño vincular que éste puede ocasionar.

Desconozco solución alguna a la ambivalencia, y reconozco la angustia en la tolerancia a la incertidumbre, pero mi propio cuestionamiento me sirve de guía.