No se si recordáis que hace unos meses os escribía acerca de una supervisión que realicé a propósito de una chica que estaba atendiendo en el Centro de Salud Mental y cuya demanda era que no podía parar de mentir (https://www.pir.es/experiencias-pir/a-proposito-de-la-mentira/). Habíamos propuesto diferentes hipótesis que tocó llevar a la práctica. Hoy, os vengo a contar lo ilusionante de la psicoterapia.

L sentía la necesidad de mentir para que la hiciesen caso, y respecto de su familia de origen, se había sentido abandonada por sus padres. Tal y como habíamos propuesto inicialmente, la mentira estaba actuando como una estrategia con la que defenderse de la situación de abandono y violencia que estaba viviendo en su infancia y adolescencia, si bien, durante la psicoterapia, fue capaz de darse cuenta que, en efecto, ahora mismo no se encontraba en peligro y podía adoptar otras formas diferentes. No obstante, esto no fue una tarea fácil. Durante el proceso se produjo un cambio inesperado, y es que en esa búsqueda de una nueva estrategia más eficaz, comenzó a decirle a todas las personas con las que trataba (compañeros, antiguos amigos, etc.) que estaba en tratamiento psicológico, relatando lo que le había sucedido en su vida. Esto, de alguna forma, le permitía encontrar el tan ansiado reconocimiento de los demás, pero poniendo en riesgo su intimidad ante tal grado de exposición. Trabajamos sobre esto y ella misma entendió que parte de su estrategia actual partía de la necesidad de comunicarse emocionalmente, reprimida durante tanto tiempo atrás, tanto con su pareja como con su familia y amigos. En esto también encontró dificultades, y se encontró ante una madre que invalidaba sus esfuerzos. Sacó su fortaleza de su corazón, y pudo empezar a hablar de cómo se sentía en cada momento con cada persona, permitiéndose emociones hasta ese momento negadas.

Y así pasaron las sesiones, hasta que pudimos realizar una recapitulación de cuáles habían sido aquellos pasos que había ido dando en estos meses. Se reconocía más valiente en sus actuaciones, entendiendo esto como la capacidad para poder expresar sus emociones y poder comunicar sus deseos y necesidades de una forma más eficaz. Agradecía fundamentalmente el poder haber entendido el origen de su patrón de mentiras, pues esto le permitió aceptar el daño ocasionado a los demás y a sí misma. Se mostró muy contenta cuando le propuse el alta “yo también lo creo… pensaba que iba a tardar más”. Si bien, la realidad se antepuso en forma de profecía y, en la cita de alta, puso sobre la mesa que estaba replanteándose dejar a su pareja, que estaba pudiendo pensar de forma más clara acerca de todo lo que estaba pasando. Fue una cita difícil, muy emocionante, y en la que finalmente llegó a la conclusión de que tiene que seguir su camino, con las vallas que se interpongan, sin mí pero con lo que conoce ahora de sí misma y antes no sabía

Y colorín colorado… la mentira se ha acabado.

“La curiosa paradoja es que cuando me acepto a mí mismo, puedo cambiar”

(Carl Rogers)