El otro día, dando una clase a alumnos de quinto de medicina acerca de qué es la psicoterapia, el psiquiatra que me acompañaba, un referente para mí, decía una frase que me hizo pensar (bueno, quizás fueron más de una…) y versaba parecido a “la psicoterapia no la hace el terapeuta, sino el paciente, el terapeuta solo guía”. Ahora que la escribo y tomo conciencia de ella me parece una obviedad, y me reconozco novata en esto de ser terapeuta (a veces, con las responsabilidades que a uno le otorgan en la residencia, se me olvida que estoy en periodo de formación… pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión). La cuestión resulta en que, reflexionando acerca de esto de reconocerme como novata y de ser guía, me he dado cuenta de cuánto he cambiado en este tiempo. A los que os adentráis en esta aventura de ser PIR os diré que no me había conocido tan bien como hasta ahora; y seguro que los hay que piensan que estoy exagerando, pero esta es mi experiencia (y la de algún otro compañero). Ser el guía de una persona que está haciendo psicoterapia te abre las entrañas, las tuyas propias, aquellas que pensabas que no tenían heridas, aquellas que pensabas que ya estaban curadas. Incluso, me aventuro a decir como persona con experiencia en primera persona, que te hace revisar tus miedos, tus inquietudes, tus incertidumbres. Recientemente he sentido esto último en la intervención con una persona que atiendo en el Centro de Salud Mental y cuya situación ya os he expuesto en otra ocasión: un duelo perinatal. No tengo la suerte (o desventaja) de ser madre, aunque es una cuestión que me planteo a medio plazo en mi vida. Sin embargo, después de atender, o más bien, siguiendo la línea de antes, después de poner mi atención en la historia que esta persona traía, se tambaleó todo lo que implica la maternidad para mí. Porque sigue siendo un tabú social el hecho de que más de 2000 niños mueren antes de nacer, porque se coarta la libertad de compartirlo, porque son duelos silenciados. Después de conocerla, no podré entender ni vivir la maternidad igual, porque estas situaciones nos atraviesan como personas; porque ser terapeuta no es un traje que uno se pone y se quita, es un modo de estar con los demás y con uno mismo, y como tal, no nos podemos despojar de las experiencias que uno vive en ese rol, sino más bien transformarlas, transformarnos, reconstruirnos.

Osho, el líder de un movimiento espiritual de origen indio, decía que “Ser un buen terapeuta es un trabajo muy difícil. Un terapeuta tiene que ser inmensamente compasivo, porque no son sus técnicas de terapia lo que ayuda a la gente, es su amor. No hay nada comparado al amor cuando se trata de curar las heridas del ser humano. Las técnicas pueden ser útiles cuando son usadas como apoyo, pero lo básico no es la técnica sino un corazón amoroso”.