La residencia consiste continuamente en esto, en despedirse y presentarse. Llega un momento en que te encuentras en la vorágine de un círculo sin fin, de un no llegarte a asentar… Y es que ya lo decía Mario Benedetti “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, cambiaron todas las preguntas”.

Hoy no os vengo a contar un cambio de rotación, ni siquiera de profesional con el que trabajar mano a mano, sino que os vengo a transmitir que la residencia es un continuo afrontamiento de duelos, de pérdidas. Hace unas semanas finalizó uno de los grupos más intensos que he experimentado hasta ahora, y eso que yo tenía el rol de observadora, aunque tomaba un rol participante en las supervisiones. Empezó siendo un grupo pensado para unas pocas sesiones que se acabó alargando hasta casi un total de 20. Lo llamamos de “regulación emocional basado en la mentalización”, y era destinado a personas con rasgos de personalidad que dificultaban la relación consigo mismo y con los demás. Finalmente fueron 7 personas, con vidas complejas, y con emociones más enmarañadas aún si cabe, por lo que aunque siendo pocos la intensidad se hacía notar. Nuestro enfoque de partida y su colaboración nos permitió trabajar con escenas y técnicas psicodramáticas, bendito arte.

Cada sesión, al comenzar, preguntábamos si tenían algo que decir respecto de lo que se había trabajado el día previo, y nuestra sorpresa (o al menos la mía) era que, de lo que pasaba en cada sesión, quedaba una huella no tanto en su memoria como en su sentir. Pese a que los objetivos que inicialmente uno se imagina al inicio de una terapia pueden llegar a ser pretenciosos (“regulación emocional”), finalmente ellos pusieron de manifiesto en el grupo que si bien esta cuestión estaba presente y requería de un mayor trabajo fuera, los factores comunes de los grupos (haciendo especial alusión a nuestro querido Yalom) y un mejor entendimiento de sí mismos, estaban en la base de una cohesión que se mantenía más allá del grupo.

Así, tal y como se puede ver en la fotografía, consideran que se llevaron la sensación de “formar parte, sentirse integrado, identificado, valiente, apoyado… de complicidad, de pensar en uno mismo, aquí y ahora, de gratitud”.  Y cuando les preguntamos qué necesitaban, hicieron referencia a una dinámica que grabaron en su cuerpo, se hace llamar “la sastrería”. En ella, podían fabricarse un traje a medida, aquel que atendiese a sus necesidades y deseos, encontrando en los mismos “determinación, flexibilidad, armadura, valentía, libertad…”.

Y así fue como llegó a su fin, una experiencia que perdurará en el tiempo porque, sin duda alguna, somos lo que vivimos y lo que sentimos, y esta experiencia no quedará en el vacío para ninguno de los que allí estuvimos.