A continuación, os vengo a hablar de una persona que ha llegado recientemente a mi consulta en estas semanas y cuya situación creo que es merecedora de poder compartirla, no solo como ejercicio personal de descarga emocional, sino también como forma de visibilizar que esto ocurre y que el trabajo que nos queda por delante puede ser muy bonito, como lo es nuestra profesión.

Estando en la consulta el Centro de Salud Mental, me derivaron desde el servicio de psiquiatría a una mujer de 30 años que hacía tres meses acababa de fallecer su bebé (Leyre) en la semana 36 de gestación. Durante las tres primeras entrevistas, la mujer se encuentra lábil emocionalmente, tendente al llanto, todo ello congruente con los acontecimientos que relata. Refiere que dejó de sentir al bebé un día por la noche y al acudir al hospital a la mañana siguiente, las pruebas detectaron que éste había fallecido por un nudo en el cordón umbilical que no pudo ser detectado de ninguna forma previa. Los primeros pensamientos que asaltan su cabeza es que debe existir una posibilidad de que pueda volver a latir el corazón, siendo consciente posteriormente de la imposibilidad de este hecho. El bebé nace a través de parto natural. Las decisiones que toma esta mujer con su marido se suceden de forma precipitada “sentí que no tuvimos tiempo para decidir”, relata. Entre ellas, se encuentra la decisión de que fuesen sus familiares los que desalojasen la habitación dedicada al bebé que tenían preparada en casa, para que cuando llegasen a casa fuese “como si nada hubiese pasado”. Asimismo, cuando parió a su bebé fallecido, le pudo ver, pero decidió “no cargarle”, refiriéndose a cogerle, pese a que su marido y otros familiares sí que lo hicieron. Desde su regreso a casa, se encuentra en un momento de reiniciar sus rutinas diarias si bien le resulta muy complicado dada la gran pérdida. Además, su marido y ella han decidido reiniciar la búsqueda activa de un nuevo bebé, impresionando ser un acto impulsivo que busca suplir la ausencia actual. A toda esta situación, se suma una situación difícil de la familia de origen de dicha mujer, cuya madre no se encuentra disponible, tanto por unos rasgos de personalidad de base que le hacen estar más centrada en su propio proceso personal, como por un duelo de 4 años que sigue sin resolverse, el de su marido (padre de la mujer a la que atiendo).

Dada la dificultad del caso y mi inexperiencia ante estas situaciones, lo bueno que tiene ser residente es que la ayuda suele estar bastante disponible y entonces se la solicito a la Psicóloga Clínica de Interconsulta Infantil y Adolescente de nuestro hospital. La supervisión me ha permitido ordenar toda esta información y poder tener en mente cómo dirigir la intervención. Si os fijáis en el relato anteriormente descrito, esta mujer se encuentra defendida con la negación. Esta negación, adaptativa inicialmente, le ha permitido poder afrontar un proceso tan complicado como es el de poder parir a un bebé que sabes que ha fallecido. Si bien, esta negación se vuelve desadaptativa cuando lo que le permite a la mujer (y probablemente también a su marido) es hacer como que nada ha pasado, evitando esta experiencia dolorosa y pretendiendo llenar el vacío de un niño ausente con la presencia de otro, entendiendo esto no como un acto consciente sino guiado por las defensas que ahora mismo están en juego. Asimismo, el lenguaje resulta revelador en tanto que esta mujer no quiso cargar con el bebé, desprendiéndose de este verbo poco usual (pues lo esperable quizás, hubiese sido decir no “coger”) la incapacidad de poder asumir (como sinónimo de cargar) el fallecimiento de su bebé. Siendo esta la interpretación, la psicóloga me plantea dos formas desde las que poder empezar a trabajar con esta mujer: (1) por un lado, la importancia de que pueda tomar conciencia del momento en el que se encuentra y de la necesidad de pararse, para poder tomar posteriormente decisiones importantes como puede ser tener otro hijo, pues éste tiene el derecho de ser pensado, ilusionado y deseado, y no ser fruto de una decisión precipitada. Por otro lado, (2) poner en relación el vínculo afectivo que esta mujer tiene con su madre y la falta de disponibilidad en el momento actual, como un ejemplo de que pueda descubrir que la disponibilidad que requerirá su futuro hijo será como madre de éste y no como madre de Leyre, ya fallecida. El objetivo último no es otro que pueda ver la muerte de Leyre y que pueda prestarle un sitio en su vida y en su cuerpo, diferente de los sitios que pueda dejar a quienes vengan a continuación.

La muerte no es la mayor pérdida en la vida. La mayor pérdida es lo que muere dentro de nosotros mientras vivimos (Norman Cousins).

Continuará…