El domingo volvimos del XI Congreso Internacional y XVI Nacional de Psicología Clínica, tras cuatro intensos días.

Quizás algunos de vosotros no hayáis acudido hasta ahora a ningún congreso relacionado con la psicología, pero cuando empecéis vuestra adorada Residencia, la curiosidad, la oportunidad de formación y las relaciones sociales que de allí se desprenden os motivarán a acudir a más de uno. Como probablemente ya comenté en ocasiones previas, los congresos no son solo una oportunidad de aprendizaje, sino también de relación con otros residentes que trabajan en diferentes partes de España, con miradas y perspectivas más o menos parecidas a las propias, pudiendo replantearse uno su práctica habitual.

Este Congreso estaba hecho “a lo grande”, me explico; hasta seis salas simultáneas con conferencias, simposios y comunicaciones orales de diferente índole que te hacían entrar en caos en la elección de las mismas. No sería honesto por mi parte admitir que todas aquellas a las que acudí captaron toda mi atención, pues en esto del campo de la psicología clínica aún hay mucho que decir respecto de los profesionales que se adscriben a este nombre, pero, citando a Atreyu (La historia interminable) “esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión”. Si bien, hubo otras tantas que anidaron cierta reflexión en mí, quizás porque consiguieron moverme en la emoción, en la satisfacción del ejercicio de la psicología clínica. Comentaron acerca de un grupo de obesidad que se estaba realizando en el Hospital Infanta Leonor, explicando la importancia de los factores terapéuticos grupales y los beneficios obtenidos fruto de una larga trayectoria y experiencia. Asimismo, otras voces hablaron acerca de alternativas al tratamiento habitual, poniendo énfasis en la importancia de generar espacios en los que el trabajo de apoyo mutuo sea parte del motor en atención primaria en relación a salud mental. En este sentido, proponían grupos de esta índole en el tiempo de espera hasta la cita de Psicología, observando reducción en las derivaciones a atención especializada, siendo amortiguadas por este espacio grupal. En cualquier caso, y pese a las limitaciones presentes en cualquiera de estos proyectos, dejan un espacio que invita a mirarnos y a generar cambios.

Además, y no por ello menos importante, mis compañeros (del Hospital de Alcalá y de la Princesa) y yo realizamos una comunicación oral acerca de la historia de los diagnósticos y de sus consecuencias en la práctica clínica. Es verdad que el auditorio no fue abundante, pero sentimos haber sembrado la semilla de lo que esperemos que germine en algún momento. Próximamente expondremos la reflexión que hicimos al respecto de esta cuestión después de la revisión bibliográfica realizada.

“La gente olvidará lo que dijiste, la gente olvidará lo que hiciste, pero la gente nunca olvidará lo que les hiciste sentir” (Maya Angelou).