Admito que cuando uno tira del “google” acaba poniendo este tipo de cosas en idiomas tales como el eslovaco, pero vayamos al fondo de la cuestión. El caso es que la entrada de un nuevo año nos remite, inexorablemente, a un conjunto de tradiciones que, independientemente de la historia de cada uno, tienen que ver con nuestro lugar de procedencia.

Aquí los españolitos de a pie y, más concretamente, los madrileños, tenemos la imagen icónica de la Puerta del Sol con esos maravillosos cuartos que, aunque sobreentendidos, siguen motivando grandes explicaciones y/o debates familiares en torno al momento idóneo en el que comenzar el ritual de comer esa fruta precursora del néctar vitícola que  tanto nos gusta (bueno, no sé a los demás… a mí sí). Lo de comer 12 uvas en tan poco tiempo tiene su intríngulis y admito comprarlas peladas, sin “pipos” y, a poder ser, cogerlas pequeñas… Todo sea por un poco de suerte aunque el atragantamiento esté a la orden del día. 

Por cierto, dar gracias de no ser japoneses, ya que allí suenan también campanas pero con algo más de frecuencia. Tantas como 108 que, según cuentan los budistas, son los defectos que tenemos los humanos. Menos mal que no me han visto a mí, porque doblarían las campanas sin parar y, en caso de dedicarse al tema de la uva como en España, no habría tan preciado fruto y, mucho menos, su codiciado jugo en mucho tiempo. 

En cada lugar del mundo se realizan diferentes prácticas que no acabo de pillar del todo. En Italia le dan a las lentejas pero, siendo más preciso, comen zampone di maiale, es decir, pata de cerdo (deshuesada) rellena de carne picada aromatizada y rodeada de lentejas (sonaba mejor en italiano). Vale, lo admito, también está el tema del Panettone que, por tener algo en común con nosotros, lleva uvas pasas. 

Cambiando de tercio, digo de lugar, en Dinamarca tienen serios problemas con Luminarc (no es por hacer propaganda). El caso es que allí se cargan todos los platos con los que han comido y, uno que tiene su punto ecologista, no puede dejar de pensar en que se quieren eliminar los platos de plástico de un solo uso por contaminantes pero, jolines, con los daneses no sé si es preferible mantener la práctica antiecológica (broma ¡eh!). A esto hay que añadir la costumbre de entrar al año nuevo saltando. A  otros les da por tirar barriles en llamas por las calles a la par que hay carreras de las de verdad por llegar antes a la casa de un familiar tras la noche de fiesta, algo que determinará la suerte familiar. La verdad es que parece complejo lo que hacen los escoceses  porque puede haber un verdadero lío entre los barriles rodando y la gente corriendo hacia las casas familiares. 

Viajando a otro continente, en los Estados Unidos se celebra la entrada del año nuevo dando un beso ya que si no te lo dan o lo das,  la soledad te acompañará en lo que se refiere a la vida en pareja. Como no quiero que me acuséis de no mostrar costumbres de todos los continentes, en Filipinas las mujeres se visten con vestidos de lunares que simbolizan monedas que traen buena suerte y mejor salud. Será por aquello de un dinero que no trae la felicidad (pero que ayuda). Siguiendo esta ruta intercontinental, en la capital de Sudáfrica (Johannesburgo) tiran los muebles viejos por la ventana en aras de un año nuevo más próspero. Total, que como para salir de fiesta sin que te caiga algo en la cabeza. Más tranquilo es ir a ver los fuegos artificiales en Sydney y dejarse de historias. 

Poniéndome algo más casero, en Irlanda se dejan abiertas todas las puertas de la casa y, el primero que salga de la casa en año nuevo dicen que ha de ser un hombre moreno y alto frente a una niña pelirroja que atraería la mala suerte (sin comentarios). Por añadidura, le dan a tirar trozos de pan contra la pared para esquivar los malos augurios. Por último los alemanes y austriacos compran unos packs de Sylverterblei que posibilitan fundir figuritas de plomo en un cucharón para después introducir el plomo fundido en agua fría. La silueta resultante determinará el futuro (luego criticaban a los adivinos que utilizaban los posos de café). 

En fin, que con tanta Nochevieja, me he liado y ya no sé si comerme 108 uvas, arrojar barriles (vacíos, eso sí) en llamas por las calles, fundir plomo y quedarme a mirar el engendro resultante o zamparme unas lentejas con la pata de cerdo deshuesada y aliviando el empacho con un Panettone. Sólo me queda desearos en los idiomas de los países precedentes akemashite omedetô, felice anno nuovo, godt nytar, happy new year junto con ein gutes neues Jahr. Y dejándonos de zarandajas, Feliz 2019.