Continuando el artículo previo,  las teorías de la estructura social defectuosa intentan explicar la conducta antisocial  adolescente basándose en que la causa primaria o principal de la delincuencia es la inestabilidad de las estructuras e instituciones sociales, siendo el delito una consecuencia de la organización social.

Uno de los enfoques más conocidos es el de la anomia, concepto propuesto por Durkheim para referirse al delito, si bien no llegó a desarrollar una teoría completa de la misma. Este concepto expresa las crisis, perturbaciones de orden colectivo y desmoronamiento de las normas vigentes en una sociedad (el orden social), debido a la transformación o cambio social producido súbitamente.  Lo que se pone de relieve es que en la sociedad actual, debido a los progresos económicos, se producen una serie de crisis económicas que alteran la armonía social, generándose unos bruscos cambios y desajustes sociales que dejan a muchos individuos sin un soporte en que apoyarse, así como sin metas que alcanzar. La teoría de la anomia tuvo un mayor desarrollo con Merton  y su teoría de la estructura social y de la anomia. Partiendo de los conceptos de Durkheim, añade diferentes conductas de adaptación de los individuos pertenecientes a una cultura. La importancia de la consecución de éxitos prevalece sobre los procedimientos institucionales para alcanzar esas metas. Los sujetos realizan diferentes modos de adaptación social considerando cinco tipos diferentes: 1) conformidad, 2) innovación, 3) ritualismo, 4) retraimiento y 5) rebelión. Esta confrontación entre las metas culturales y la posibilidad de emplear medios institucionales o vías legítimas es la que produce la tendencia hacia la anomia y conducta divergente.

Por otro lado, aparece la teoría de la desigualdad de oportunidades que supone, en cierto modo, una combinación de la de la anomia, la de la asociación diferencial y la de las subculturas. Cloward y Ohlin admiten la existencia de profundas desigualdades entre las diversas clases sociales a la hora de acceder legítimamente a metas cultural y socialmente aceptadas. Los miembros de grupos más deprimidos se servirían de medios ilegítimos para conseguir sus objetivos. Pero la innovación de estos autores es la de considerar que los jóvenes no acceden de la misma forma a los medios ilegítimos. La adquisición de un rol o papel conformista estará determinada por una variedad de factores, como la posición económica, la edad, el sexo, la raza, la personalidad, etc. Sólo en aquellos barrios en que el crimen aparece de forma estable e institucionalizada habrá un campo fértil de aprendizaje para los jóvenes. Se distinguen tres tipos de subculturas delincuentes según los diferentes tipos de barrios de clase baja: 1) subcultura criminal: aparecerá en barrios de clase baja relativamente estables, en los que las conductas antisociales son aceptadas como algo normal, 2)  subcultura del conflicto: aparece en barrios menos estables. Se promueve el uso de la violencia para acceder a un estatus privilegiado y 3)  subcultura de la retirada o abandono: hay individuos que fracasan en las dos estructuras posibles de oportunidades (legítimas e ilegítimas). Elegirán formas de vida alternativas a las de su comunidad alrededor de las drogas, el alcohol u otras formas de evasión.

Otros enfoques son las teorías de la tensión o la frustración. Agnew da una importancia especial a las relaciones negativas, los estímulos nocivos y los sucesos vitales estresantes. Distingue tres tipos principales de frustración que pueden llevar al crimen o la delincuencia: 1) tensión derivada del fracaso en el logro de metas u objetivos apreciados positivamente, 2) tensión derivada del rechazo o la eliminación de logros positivos anteriormente alcanzados (p. e.: ruptura de relaciones, enfermedad o muerte de amigos, etc.) y 3) tensión derivada de la exposición a estímulos negativos o nocivos (p. e.: ser ridiculizado en clase, un accidente, malos tratos, etc.).  La frustración sería el resultado de no ser tratado por los demás como quisiera.

Por último, destaca la teoría del control social porpuesta por Hirschi.  Esta teoría distingue entre el control ejercido desde fuentes externas al individuo y el ejercido por él mismo (20). El primero de los agentes de control será el social y el segundo el autocontrol. La sociedad ejerce presión sobre sus miembros a través de modelos de conformidad. El control social es el mecanismo para frenar y evita la comisión de delitos. Aquellos sujetos que no tienen vínculos sociales tienen más predisposición a delinquir que las que tienen un fuerte arraigo a la sociedad. Hirschi considera cuatro variables de control, representadas por un fuerte vínculo social, que explican la conducta conforme a las normas sociales:

  1. Afecto: se desarrolla mediante una interacción íntima y continuada. Pone en evidencia la medida en que los padres o profesores supervisan el comportamiento de los hijos, así como si se comunican adecuadamente con ellos. El vínculo afectivo es más importante que el contenido específico del aprendizaje resultante del mismo.
  2. Compromiso: es el grado mediante el cual los propios intereses individuales han sido invertidos en determinadas actividades fijas o establecidas. Sería la racionalización del cálculo de las potenciales ganancias o pérdidas que los individuos registran al realizar una conducta antisocial.
  3. Participación: se supone que muchas personas se comportan de acuerdo a la ley por falta de oportunidades de hacer en otra forma. La delincuencia juvenil podría prevenirse ayudando a los jóvenes a estar ocupados y fuera de las calles. En este sentido, la participación, considerada como un “desgastador” natural de tiempo y energía, supone un buen agente de control social.
  4. Creencia: vínculo ideológico asociado a los valores y normas que cuentan con el respaldo social. Las creencias personales no son interiorizadas a no ser que haya un refuerzo social constante.

A modo de conclusión, el comportamiento humano es muy complejo para ser explicado mediante una sola rama científica y aún más un solo enfoque teórico, así como que no hay que eludir la responsabilidad individual a la hora de explicar las conductas disruptivas y/o antisociales. Al fin y al cabo, como decía Goethe, el comportamiento es un espejo en el que cada uno muestra su imagen.

Bibliografía recomendada: Muñoz, J. J. y Navas, E. y Graña, J. J. (2004). Conducta antisocial en adolescentes: teorías explicativas psicosociales. Psiquis, 25, 79-86.