Decía Marx (Groucho) el nunca olvidado estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros.  Quizá haya que aplicarse tan adaptativa frase a uno mismo para valorar la aportación de unos experimentos que, en la actualidad, no serían justificables ni realizables. Asumiendo que un experimento es una prueba que consiste en provocar un fenómeno en unas condiciones determinadas con el fin de analizar sus efectos o el de verificar una hipótesis o principio científico, tampoco hay que olvidar que han de estar sujetos a unas reglas habitualmente recogidas en los códigos deontológicos de las disciplinas correspondientes. Ahora bien, muchas veces los precursores de paradigmas que nos sirven de base en la actualidad realizaron experimentos que hoy no podrían ser llevados a la práctica.

Pioneros en estas lides fueron Watson y Rayner (Universidad de Johns Hopkins) o, mejor dicho, su sujeto (bebé) experimental –el pequeño Albert-. Simplificando la situación, cogemos a un bebé que no tiene miedo a ningún animal y asociamos un sonido estridente a la aparición de un roedor tantas veces como sea necesario hasta que el niño tengo miedo a la mera presencia de un ratón e incluso reaccione con pánico ante la aterciopelada barba blanca de un Papá Noel. Decía Stephen Hawking que la ciencia no sólo es una disciplina de la razón, sino también del romance y de la pasión. Pues décadas antes, esta frase fue tomada al pie de la letra por Watson y Rayner, siendo despedidos por tener una relación sentimental dentro del departamento en que trabajaban. A este triste final hay que añadir la aparentemente documentada muerte de Albert a los 6 años por una hidrocefalia subsecuente a una meningitis y, muy probablemente, con sus fobias condicionadas.

En esto de la crueldad infantil se lleva la palma el estudio de Johnson (1939), quien tras seleccionar a veintidós  niños huérfanos los dividió en dos grupos para probar si los comentarios positivos o negativos afectaban al habla. Mientras que un grupo era alabado por su capacidad de expresión, el otro era vejado y humillado con comentarios negativos llegando a diagnosticarles de una tartamudez severa (sin haberla). Muchos de estos niños desarrollaron tartamudez así como problemas de autoestima y, nada más y nada menos que en 2001, han recibido las disculpas e indemnizaciones de la Universidad de Iowa.

Siguiendo con esta recopilación de desastres psicológicos, da la sensación de que la deontología en la Universidad de Iowa ha vivido momentos complicados en el pasado. Un día después del asesinato de Martin Luther King, Elliot (no era psicóloga)  dividió en dos grupos a sus alumnos en función del color de ojos (azules vs. marrones). En una primera fase, unos eran reforzados y señalados como superiores mientras que en una segunda fase ocurría lo contrario. El grupo que era reforzado positivamente mostraba conductas de superioridad, menosprecio y crueldad sobre los otros. Con todo, hubo secuelas en la autoestima de todos los participantes.

En esta línea de las superioridades de unos grupos sobre otros, es imposible no reseñar el experimento de Zimbardo (Universidad de Stanford). Mediante la creación en el Departamento de Psicología de una aparente prisión, se formaron dos grupos (reos y guardias) a partir de estudiantes. Dando unas pautas a cada grupo acerca de mantener el control y no caer en ningún tipo de violencia, sólo hubo que esperar al segundo día para observar comportamientos violentos del grupo de guardias y la resistencia activa de los reos. Por cierto, Zimbardo tiene una medalla de la Asociación Americana de Psicología por su trayectoria desde 2012.

La recopilación de experimentos con resultados inquietantes no puede obviar el famoso experimento Murray que, muchos piensan (pensamos), pudo ser el origen de la sed insaciable de venganza contra el sistema ejercida por Theodore Kaczynski -de alias Unabomber-. Kaczynski era un alumno brillante que estudió en Harvard y allí participó en un experimento que analizaba el comportamiento humano en situaciones de estrés. Los investigadores conocían aspectos de la vida personal de los participantes y les atacaban en virtud de los mismos provocando situaciones  extremas de estrés. Quizá esto motivó la  sed de venganza de Unabomber en forma de tres homicidios y veintitrés heridos con sus famosos paquetes bomba.

No quería terminar sin nombrar el experimento de la indefensión aprendida de Seligman. Esto de enseñar a evitar descargas eléctricas para luego imposibilitar el escape de las mismas llevando a unos pobres perros a la indefensión en forma de llanto junto con auto-abandono parece, cuanto menos, abominable. Hablando de la indefensión, recuerdo un experimento en el que me tocó hacer de sujeto experimental. Consistía en resolver unos problemas aritméticos en un ordenador pero, en una segunda fase, se planteaba un problema irresoluble (de esto no éramos informados). Todo derivó, en función de cada uno de los que participábamos, en diferentes emociones negativas que, en este caso, desaparecieron rápidamente al terminar el experimento.

Concluyendo, es obvio que la ciencia, tal y como decía Pasteur, es la antorcha que ilumina al mundo pero tirando del dicho castizo, me sale decir que quizá, mediante la observación de fenómenos naturales y no la provocación de situaciones antinaturales, se podrían observar estos fenómenos sin dañar a las sujetos experimentales. Y es que, ya se sabe que la paciencia es la madre de la ciencia.