Admítelo! Cuando ves un producto que te interesa y te dicen que antes costaba 500 € pero que ahora está rebajado a 150 € sientes un deseo, puede que irrefrenable, de adquirirlo. Quizá eso es lo que me pasó con un inquietante producto que vi en esa plataforma de ventas con nombre de cuento infantil y personajes de origen árabe. El producto en cuestión era un adelgazador de cara (podéis buscarlo y veréis como vuestra cara adelgaza –pero ante su visión-) y se vendía como ofertón al módico precio de no más de 5 €. Más allá de que os cuestionéis mis búsquedas en internet y/o mis peleas con la estética, lo cierto es que eso de decirnos que algo vale mucho pero luego poco es muy atrayente y es por el llamado efecto de anclaje.

Efectos hay muchos y, de primeras,  me viene a la mente, el llamado efecto Mateo cuyo nombre se debe al evangelio homónimo (capítulo 25, versículo 29 para más señas) y que dice “al que tiene mucho, más se le dará, y al que tiene poco, se le quitará hasta lo poco que tiene, para dárselo al que más tiene”. Jo###, a la vista del panorama  pienso que esto sí que eran predicciones y no las de Nostradamus. Si esto lo llevamos al terreno de la ciencia, aparecería el efecto (ley) Stigler, que viene a ser que ningún descubrimiento científico recibe el nombre de quien lo descubrió en primer lugar. No digamos de la ley de Murphy y es que, si algo malo puede pasar, pasará. Alejémonos de este pesimismo  y pensemos que podemos descubrir algo que salve el Universo… confiemos en nosotros, en lo que hacemos, en nuestra valía, en nuestras dotes, en nuestro potencial, en nuestras aptitudes y actitudes, en nuestra energía vital y, si tras todo esto, no hemos explotados henchidos por nuestro narcisismo (autoestima dirán otros), quizá sí que estamos mostrando un claro efecto Pigmalión o, en el fondo, anhelamos una profecía autocumplida. Eso sí, cuidado no salga del revés y hagamos un efecto Golem (no hacemos realidad, sino más bien lo contrario, lo que nos proponemos).

Siguiendo con estos efectos, hay gente que se obstina en las cosas porque han invertido esfuerzos y les da como “cosilla” el dejarlo. A esto se le llama el sesgo del costo hundido. Recuerdo un día en que leyendo el horóscopo (sí, otra confesión más), decía algo así como “las cosas te irán bien pero debes planear dejar de hacer aquello que no te beneficia y plantearte que puede cambiar”. La cosa es que lo del costo hundido es algo que me suele pillar y, ese día, dejé de insistir en la compra de un producto subastado por consejo astral. Pues mira tú por donde, por dejarme llevar por el efecto Forer (damos importancia a descripciones generales de la personalidad) y no seguir en la falacia del jugador (apostar por un cambio de tendencia en algo aleatorio –en este caso cuasi-) pues me quedé compuesto y sin producto.

Llegados a este punto, es obvio que los efectos y/o sesgos nos dominan y, quien diga que no,  está ante el sesgo del punto ciego (explicado al final a base de refranes). Están el sesgo de confirmación (elegimos y procesamos información ajustada a nuestras expectativas), el de auto justificación (validamos decisiones propias que son absolutamente injustificables), retrospectivo (cuando algo sucede nos viene a la mente elya me había dado cuenta de que iba a suceder”) y otros muchos. Según voy avanzando en el texto parece que estoy dominado por muchos sesgos y, no penséis mal, no es que me deje llevar por el sesgo de personalización (todo tiene que ver con uno).

Para terminar de tanto sesgo, deciros que aquellas personas que sólo se hayan identificado con los sesgos que les interesan habrán hecho una atención selectiva (otro más) y, aún peor, los que no se hayan visto en ninguno habrán hecho lo de ver la paja en ojo ajeno y es que no hay peor ciego que el que no quiere ver porque los sesgos están entre nosotros.