Pese a lo confuso de los datos y la más que probable no visibilización de esta situación, se estima que cada día se suicidan en nuestro país un promedio de 10 personas o, lo que es lo mismo, cada dos horas y media se consumaría una muerte autoinfligida. Otra cifra inquietante es la de las muertes de los jóvenes españoles entre 15 y 29 años. En estas edades, también por desgracia, podríamos pensar que siempre son los accidentes de tráfico la principal causa de muerte, pero no es así. En el último año el suicidio ha sido la segunda circunstancia implicada, pero en otros años ha llegado a ser la primera.

En la base del suicidio pueden estar trastornos mentales como el bipolar, trastorno límite de la personalidad, esquizofrenia, depresión, consumo de drogas o alcohol, estrés postraumático u otras afecciones pero, mucho más relevantes son circunstancias de la vida diaria, de esas que llamamos estrés, como son problemas económicos y relaciones interpersonales.

El suicidio o el intento del mismo pueden suponer una forma de alivio para quien lo considera y surge en respuesta a la vergüenza, culpa, sentirse víctima o estar preso de la fría y lúgubre soledad. De hecho, es más habitual encontrarse con intentos de suicidio que con el hecho consumado y, en esos intentos, habitualmente se realizan conductas que facilitan el auxilio y/o la posibilidad de rescate, algo que tiende a equivaler a realizar una llamada de auxilio.

Otro dato relevante es el del mayor número de suicidios en varones y, a la par, que los métodos que utilizan suelen ser más letales y/o violentos. Quizá también influya la menor tendencia a pedir ayuda que presentan frente a las mujeres. Profundizando en quienes más frecuentemente recurren al suicidio, cabe señalar que afecta a grupos vulnerables como refugiados y migrantes, personas homosexuales, bisexuales o transexuales e incluso a los reclusos. Además en el suicidio no se cumple lo de una y no más, ya que el principal factor de riesgo de suicidio es haber realizado una tentativa previa.

La duda que surge es si se puede prevenir el suicidio y cómo hacerlo. La respuesta es un claro y rotundo sí ya que por supuesto que es prevenible. No hay que pecar de un optimismo ilusorio pero si anhelar erradicar el problema. Nuestra sociedad debe fomentar diferentes medidas que pongan el foco en esta problemática y, en este sentido, me vienen a la cabeza los medios de comunicación. Es imprescindible un aporte responsable de información de estos casos huyendo del amarillismo y las explicaciones trasnochadas de interlocutores poco capacitados. Aunque sea una obviedad, es necesario controlar y/o restringir el acceso a posibles medios para el suicidio (armas, medicamentos, etc.). Frente a la creencia de que es peor hablar de ello, sería maravilloso no estigmatizar el término y poder  plantearlo como la realidad que es, integrándolo en intervenciones escolares en las que, dicho sea de paso, habría que abordar la prevención del consumo nocivo de alcohol y el de drogas. El apoyo y seguimiento comunitario de personas que hayan intentado suicidarse se torna también como algo elemental y, para qué engañarnos, necesitamos más cantidad de personal sanitario especializado en este ámbito.

A modo de conclusión, el suicidio debe ser considerado de forma directa y como lo que es, un problema de salud pública para el que hay que generar un conjunto de medidas que sensibilicen a la comunidad superando cualquier tipo de tabú o estigma. Sin embargo, en pleno siglo XXI, de los más de 190 países reconocidos por la ONU, sólo 38 cuentan con una estrategia nacional de prevención del mismo. Afortunadamente, España es uno de ellos y se trabaja (con más o menos suerte) para no dejar de lado a nadie y mucho menos solo, siendo la clave integrar; y es que, como decía Durkheim (colosal iniciador del estudio de esta problemática), el suicidio varía en proporción inversa al grado de integración de los grupos sociales a los que pertenece el individuo.