El abuso sexual está presente en todas las culturas y en todas las clases sociales y, en la sociedad occidental, es una lacra que registra cifras llamativas. Las tasas de prevalencia mediante estudios retrospectivos en España, entendido el abuso sexual en sentido amplio, nos indican que un 15% para los varones y un 23% para las mujeres los han sufrido en la infancia  y un 4-8% lo habrían percibido como tal, teniendo un malestar significativo capaz de interferir en su normal desarrollo evolutivo.

Cuando nos preguntamos cómo y dónde se produce el abuso, encontramos que la mayor parte de estos actos (1/3) ocurren en el hogar familiar, realizados por miembros de la familia o personas muy allegadas. Algunos estudios apuntar que el agresor suele ser el padre (40%), un tío (19%), un hermano (12%) o un abuelo (11%).  La mitad habrían cometido su primer abuso antes de los 16 años (El 20% de estos abusos son realizados por menores). Estos abusos se producen con una frecuencia ocasional en el 40% de las denuncias, semanal en el 20% y diario en un 10% .

La comisión Nacional del Día  del Niño realiza un retrato robot del abusado. Se trataría una niña de 12 años sometida a tocamientos o violaciones vaginales por parte de un sujeto que hace las labores de padre. Todos estos datos ponen de manifiesto de qué manera el incesto está presente en la sociedad actual, que parece vivir ciega ante unas conductas aparentemente más propias de la organización rural y las familias extensas, que de la cultura postindustrial.

Distintos autores han señalado las consecuencias desastrosas que tiene para el desarrollo emocional y físico de estas personas, pues pueden romper los procesos de desarrollo normal, afectando al desarrollo de un autoconcepto estable y una imagen corporal integrada en la adolescencia, expresándose en los propios pensamientos y conductas. En cualquier caso, los abusos sexuales van a seguirse, al menos en algunas de las víctimas, de distintas manifestaciones clínicas: problemas de salud física a largo plazo, síntomas de Estrés vital y  disociación, alta frecuencia de distimia y depresión mayor que será más grave y presentará un peor pronóstico en el grupo de mujeres con antecedentes de Abusos Sexuales, alta prevalencia en el consumo de alcohol y drogas, siendo más frecuente la patología dual, las víctimas también se distinguían por sus conductas autodestructivas (autoagresiones y suicidio) e impulsivas, conductas delictivas más frecuentes que en la población general, comportamientos disfuncionales: alteraciones de la conducta sexual, embarazos precoces junto con revictimización (riesgo 3 veces mayor de ser nuevamente víctima).

En la base de esta clínica, diversos autores han tratado de encontrar diferentes alteraciones de la personalidad:

  • Se ha encontrado que el 30% de las mujeres que habían sufrido Abusos Sexuales en la infancia cumplían criterios de un Trastorno de la Personalidad, particularmente del Cluster C.
  • En otros estudios se relaciona el Trastorno límite con los abusos infantiles en el medio intrafamiliar, siendo los más graves, en su grupo de estudio, los que habían sufrido abusos repetidos.

En cualquier caso, la relación entre Abusos Sexuales y la clínica parece estar  mediada  por las creencias y la mayor gravedad se asocia con los abusos múltiples e intrafamiliares. Sin embargo, la relación entre los  Abusos sexuales y Trastornos de la Conducta Alimentaria –TCA- es controvertida:

  • En general estos antecedentes se recogen en la práctica clínica con mucha más frecuencia en los TCA que en las otras patologías psiquiátricas, siendo numerosos los autores que han relacionado ambos hechos, sin embargo, la prevalencia encontrada no difiere de la que se encuentra en población general (19,7%), pero es de 2 a 3 veces mayor si tenemos solo en cuenta el Abuso percibido y con consecuencias clínicas.
  • Diversos autores sostienen que los Abusos Sexuales durante la infancia son un factor de riesgo para desarrollar Anorexia Nerviosa, para que las pacientes regulen su peso a través de los TCA y para las conductas purgativas.
  • Sin embargo, otros consideran que es un factor inespecífico entre otros: como los genéticos, la disregulación serotoninérgica, el sufrir violencia, los problemas de identidad sexual (en los varones) y la pobre supervisión parental y monitorización, hacer dieta, internalización de un ideal delgado.
  • También se ha hallado que los atracones y conductas de purga se asociaban significativamente con el abuso sexual, siendo el porcentaje de atracones mayor en las mujeres que no hablaban del abuso con personas de confianza que entre las que hacían confidencias, que tenían un mejor pronóstico.
  • Frente a los resultados previos en algún estudio no se encuentra ninguna relación dimensional entre cualquier forma de abuso y la patología bulímica.

Estos datos  nos animaron a estudiar retrospectivamente como influía este hecho en una muestra de pacientes afectadas por TCA. Analizamos los datos procedentes de las mujeres que participaron en el Programa de Trastornos de la Conducta Alimentaria de un  Hospital de Día en un período de 6 años. En total 152 pacientes diagnosticadas de Anorexia Nerviosa (N=61: 32 Purgativas y 29 Restrictivas), Bulimia Nerviosa (N=37: 10 No Purgativa y 27 Purgativa) y Trastorno de la Conducta Alimentaria No Especificado (N=31 –alto porcentaje de trastorno de atracones-) con una edad media de 25,38 años.

Los resultados mostraron que el grupo de pacientes víctimas de abusos sexuales estudiadas presentaba algunas características peculiares, como presentar más patología comórbida y más grave, expresada en mayor frecuencia de Trastornos de personalidad, más Trastornos afectivos y fóbicos y más Trastornos por Uso de Sustancias. El trastorno alimentario más frecuente era la Anorexia Nerviosa Compulsivo-Purgativa. Asimismo, mostraban personalidades más neuróticas, inestables con pobre autoconcepto y tendencia protegerse desde con conductas obsesivas, evitativas así como una actitud pragmática. Tras el tratamiento su pronóstico se fue igualando al grupo control, pero seguían siendo más fóbicas y el control de las vivencias amenazantes se hacía a costa de una tendencia a la somatización.

A modo de conclusión, lo más obvio son las dramáticas consecuencias para el equilibrio psíquico así como desarrollo social y de la personalidad que ejercen los abusos sexuales. Una rápida intervención puede paliar y disminuir los riesgos de desarrollar diversas patologías que, en todo caso, se apoyan en una personalidad que, de forma prácticamente segura, sin ningún tratamiento, mostrará una alta vulnerabilidad para el desarrollo de trastornos alimentarios y de otra índole.

 

Para ampliación ver “Mateos, Sanz, Martínez, Muñoz, Martín et al. (2004). Abusos sexuales y trastornos de la conducta alimentaria. En Cuadernos de Medicina Psicosomática y Psiquiatría de Enlace, 71-72, 44-52”.